Variaciones sobre un mismo tema: La flor amarilla y sus variables

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Nos encontramos muchas veces en las páginas de sus libros. Personalmente, nunca. Quizás y, para el caso, no era necesario. Los encuentros con él se dieron y quizás se darán en un plano donde participaba, participa,  participará, aquello indescriptible  contenido o incrustado mejor dicho en su  apellido y que él, de alguna manera, lo encarnaba, hasta diría, flota, o mejor, sobrevuela su mundo e ideas.

Hablo de Julio Cortázar.

Poco vale que mencione todas y cada una de las circunstancias, fueron muchas;  casi todas cargadas de ese hálito que, al menos para quien esto escribe,  constituyen las pequeñas grandes claves que acercan a la extraña posibilidad de observar el modo en cómo se acomoda el lenguaje y los espacios físicos-temporales  que el mismo es capaz de atravesar.

Podría mencionar algunos fracasos en mis búsquedas mas no tendría mucho sentido porque, se sabe, fracasamos de modo permanente  de igual modo que cuando intentamos atraer, hacia nuestras manos, la pluma que flota en el agua.

El lenguaje es casi un calco de ese hecho físico. Más de una vez repito la historia para ver si encuentro el sitio en donde debe habitar esa clave que se escapa, se escurre entre las manos. Mejor decirlo se niega a ser tomada por el pensamiento, la clave en sí  misma es intraducible.

Mencionaré, ahora, uno de esos encuentros los que, más adelante, serán partes de otras tantas historias.

POEMAS INCONJUNTOS 2º EDICIÓN

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Habíamos editado, un libro de Fernando Pessoa, Poemas Inconjuntos, versión castellana de Pablo Heredia, texto que nos ha parecido, desde siempre, algo maravilloso. La primera edición, del año 2001, se agotó.  En 2011 decidimos reeditarla. Al momento de encarar esa segunda edición un grupo de psicoanalistas de la ciudad de Córdoba nos ofreció presentar el libro en un ciclo que ellos organizaban: Homenaje a Pessoa. Cuestión es que abordarían el perfil del ese extraño escritor portugués, casi indescifrable para nosotros, en esa especie de Seminario desde donde se observarían y discutirían algunas de las peculiaridades del notable poeta. Propusimos que el libro fuese presentado por un psicólogo, conocido poeta del medio. Pero éste adujo otros compromisos y no quedó otra alternativa  al editor que  encargarse él mismo de la presentación. Pues bien me gustó ofrecerme y participar de ese acto, era una buena posibilidad de releer el texto, buscar la veta o el detalle que siempre escapa a toda lectura sospechando que siempre existe la posibilidad más valiosa en segundas lecturas. Lo que encontré me llenó de un goce inesperado.

 El libro  tiene tres partes o secciones: Introducción por Ricardo Reis, luego la poesía completa de Alberto Caeiro y, finalmente, el cierre, una especie de reflexión admirativa de Alvaro de Campos sobre la poesía de  Alberto Caeiro y más que todo sobre su persona a quien Alvaro de Campos consideraba uno de los seres más luminosos que él había conocido.

Mi lectura se había detenido en un poema que Pessoa escribió el 29 de mayo de 1918, que está en la página 123 del libro citado y dice:

“El que oyó mis versos me dice: ¿Qué tiene eso de nuevo?
Todos saben que una flor es una flor y un árbol es un árbol.
Pero yo respondí, no todos, (?…….)* Así está en el original.
Porque todos aman las flores por ser bellas, y yo soy diferente.
Y aman los árboles por ser verdes y dar sombra, pero yo no.
Yo amo las flores por ser flores, directamente.
Yo amo los árboles por ser árboles, sin  mi pensamiento.”

En un pasaje determinado de esta última sección, Alvaro de Campos, conversa con Alberto Caeiro, le cita, dice el libro, con una perversidad amistosa una observación con que  Wordsworth designa a un inservible con una expresión que dice:

     A primrose by the river ‘s brim
     A yellow primrose was to him,
     An it was nothing more.

Luego Alvaro de Campos aclara que él traduce, no de manera exacta, porque él no sabe de nombres de flores, ni de plantas y dice: “Una flor a la margen del río para él era una flor amarilla, y no era nada más.”

Y continúa: “Mi maestro Caeiro  rio. ‘Ese hombre simple veía bien: una flor amarilla no es realmente otra cosa sino una flor amarilla.’

Pero, de repente, pensó.

“Hay una diferencia”, agregó. “Depende de que si considera la flor amarilla como una de las varias flores amarillas, o como aquella flor amarilla solamente.”

Y después dijo:

“Lo que ese poeta inglés suyo quería decir es que para el tal hombre esa flor amarilla era una experiencia vulgar, o una cosa conocida. Ahora bien, eso no está bien. Toda cosa que vemos, debemos verla siempre por primera vez, porque realmente es la primera vez que la vemos. Y entonces cada flor amarilla es una nueva flor amarilla, aun cuando sea, como se dice, la misma de ayer. Nosotros no somos ahora los mismos ni la flor tampoco. El mismo amarillo no puede ser ya el mismo. Es una pena que la gente no tenga los ojos para saber eso, porque entonces seríamos todos felices.”

Fernando Pessoa

 La respuesta, además de bella, fue firme; conmovedora.

Desconozco la razón por la cual asocié esta conversación con un cuento de Cortázar que se llama, justamente: “Una flor amarilla”.

Fui casi corriendo a buscar el libro en donde está el relato. Lo leí con la mayor concentración posible, es decir, lo releí pensando si Cortázar conocería el texto de Pessoa; quizá pudiese tratarse de una simple coincidencia. Este hecho podría llevarme al punto cercano por donde podría observar el escondrijo de la probable  sincronicidad, extrañeza que nos  suele asaltar en casos como éste. Busqué en el cuento  en esa cruel historia de un hombre desgastado, seco, medio borracho;  que sube a un colectivo 95, de noche, en París (¿Por qué el 95, me pregunté?). Ya en el ómnibus el viejo se va hasta el fondo del mismo  y cuando llega al último asiento ve un adolescente sentado, escondido el rostro detrás de una revista de historietas. El viejo lo ve y en el acto se da cuenta que, ese adolescente, es él cuando tenía la edad que el adolescente tiene en ese momento. Lo mira y queda, como suspenso e incurso en una dimensión distinta por la que circula su habitualidad. Se ha detenido en el rostro, el corte del mismo; el flequillo que cae sobre la frente; la timidez que le hace esconder el rostro. El viejo no puede salir de la situación que lo ha tomado, persigue al adolescente cuando desciende del 95 y lo sigue hasta su casa. Lo para, conversa con él,  escucha esa voz, su misma voz de otro tiempo. Extrañamente se conectan, el hombre que no sabremos su nombre por el cuento, comienza a visitar a Luc, el adolescente, en su casa. De alguna manera  el viejo quiere saber lo que ha vivido ese adolescente y trata de ver el orden simétrico que puede rondar el curso de ambas vidas, entonces surge la nómina de las similitudes que Cortázar, amigo de ellas, deja correr en el relato.

Pero al iniciar el cuento Cortázar ha lanzado, por decirlo de un modo en cómo nos llegan sus mensajes, esa frase que dice: “Parece una broma, pero somos inmortales. Lo sé por la negativa, lo sé porque conozco al único mortal”.

Leí y releí el texto, buscando claves extras a mi manía persecutoria de encontrar sentidos en sitios imposibles. Pensaba que tenía que existir algo mucho más significativo que me permitiera ver por qué razón había llegado a ese punto y a ese texto de Cortázar a Pessoa, o mejor dicho de Pessoa a Cortázar. Por qué pesaba tanto esa sentencia final: “las cosas hay que mirarlas, siempre, como si fuera la primera vez.”

Hasta que en el texto de Cortázar, el viejo que está contando la historia, tomando vino  barato en un bar oscuro, casi en tinieblas, sigue el trayecto y le cuenta a su interlocutor los pasos que ha ido dando la historia, esa historia que pone al viejo al centro y su vida es solo pensar en Luc, el adolescente que él fue. Ahora todo gira alrededor de él. Siente que su vida, sus vidas están unidas por esas inexplicables vicisitudes. Más adelante, un día cualquiera,  Luc enferma y muere. Muere un adolescente y el viejo sabe que una cadena se ha cortado y eso lo lleva hacia una plenitud. Todo terminará, la estúpida vida, dice, no continuará; él es el único mortal, su otro yo ha muerto.  Hasta que un día cruzando el Luxemburgo,  vio una flor. “Estaba al costado de un cantero, una flor amarilla cualquiera. Me había detenido a encender un cigarrillo y me detuve mirándola. Fue un poco como si la flor también me mirara, esos contactos a veces … Usted sabe, cualquiera los siente, eso que llaman la belleza. Justamente eso. La flor era bella, era una lindísima flor. Y yo estaba condenado, me iba a morir un día para siempre. La flor era hermosa, siempre habría flores para los hombres futuros. De golpe comprendí  la nada, eso que había creído la paz, el término de la cadena. Yo me iba a morir y Luc ya estaba muerto, no habría nunca más una flor para alguien como nosotros, no habría nada, no habría absolutamente nada y la nada era eso, que no hubiera nunca más una flor…”.

Pasaron más de dos años hasta que comprendí la relación: el viejo, cuando ve al adolescente, ve su vida por primera vez. Allí, creo, al menos para mí está la clave. La sé también en Borges  cuando dice que hay un minuto en la vida en que un hombre sabe quién es, para siempre. Algo así.  Pero en este caso no es eso, es la mirada lo que prima y permite o abre paso a un conocimiento mucho más vasto que el planteo borgeano. La mirada sobre uno mismo, como la del viejo que ha trazado un largo recorrido de vida y, además, ese número, el 95, tan cercano a una cifra tan definitiva como 100. Pareciera que la cifra marca una especie de oculto designio, el 95 nos indica que estamos llegando hacia un final. El viejo cuando ve al adolescente no solamente reconoce quien ha sido antes, sino que, como complemento, se da cuenta que ya no es. Sabe que la vida plena está en el otro que ha sido y que, ahora, habita en el adolescente que vio por primera vez. Ha visto su vida, su entera vida, en un instante y ha comprendido, en un segundo, una totalidad a través de la mirada. Luego, Luc  ya no está, él va a  morir, pero antes, en Luxemburgo ha visto una flor, una flor amarilla, en un cantero la ha visto y la flor lo ha visto. Esa mirada lo ha puesto en un estado de comprensión: ha podido vislumbrar la nada que a todos nos acecha.

Juan Maldonado , 23 de abril de 2019


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