Presentación Rugido que toda palabra encubre de Saúl Sosnowski

Un libro de poesía, parece muchas veces, algo que puede entenderse leyéndolo dos o tres veces.  Pero, con frecuencia nos sucede y lo comprobamos no es así. Este libro de Saúl Sosnowski  del cual arriesgo a dejar una mirada, solamente una posible de las tantas que, con seguridad, cada uno de los lectores encontrará.

Digo lo primero: en  el título Rugido que toda palabra encubre, sentencia, medida y detenida observación, el autor deja  abierta la posibilidad de plantearnos aquello que antecede a la palabra propiamente dicha, pero no desde su escritura, sino desde su pronunciación como latencia . Algo hay que se antepone a la pronunciación, ese rugido, que es primero, implica  no sólo una antelación sino, además, una declaración de dificultad que solamente podrá ser resuelta en el advenimiento de la palabra.  Tal vez plantearlo así sea para algunos pensar en la complejidad filosófica que podemos otorgarle al lenguaje desde una de las hendijas por donde podemos avistar su nacimiento u origen.

La dulce mecánica de la pronunciación procede por saltos y quizás uno de los modos más frecuentes sea la sorpresa para con el hablante mismo, quien, a partir de ese momento conoce, en sí mismo, otra identidad, algo que no sabía podía habitarlo.

Hay, un bello relato inserto en una de las tantas páginas de nuestra literatura, es aquel que nos ha dejado como emblema uno de nuestros grandes escritores cuando relataba el nacimiento, en él, de la revelación del lenguaje poético. Se trata de Jorge Luis Borges cuando contaba el modo en que se había impuesto en su interioridad esa revelación.  Contaba, en el prólogo a la Poesía Completa de Almafuerte, que, para él, a los cinco o seis  años, el lenguaje no era otra cosa que la pronunciación de palabras cuya significación era nombrar  las meras cosas que lo rodeaban: como mesa, silla,  vaso, pan,  etc.

Esa noche, agregó el poeta, que no recordaba si era viernes o sábado o si la luz era eléctrica o de lámparas de aceite o gas, poco importaba. Lo que escucharon sus oídos fue importante: en la sala de la Biblioteca su padre y Evaristo Carriego leían una larga tira de versos.  Lo que quedó grabado para siempre en su ser eran el esplendor de un nuevo modo de sentir, eso produjo en aquel niño la lectura, por parte de su padre y Carriego de los versos de Almafuerte.  A partir de ese momento el lenguaje fue, para nuestro gran escritor una herramienta que cambio el sentido a su entera vida.

Vuelvo a Saúl,  a su libro y a una de las partes que lo integran o completan: la contratapa, allí, entre otras cosas, Adriana Romano  señala: “Vana estirpe de humillado, / apariencia, / hálito / sueño del solo”, dice la voz poética de Saúl Sosnowski que en Rugido que toda palabra encubre prueba que la voz humana es resonancia de un alto espacio que nos antecede. Fin de cita.

Bien, entonces ese antecedente del que estamos hablando, entre todos;  Saúl lo dice, de modo distinto en la apertura que es una dedicatoria: “Para David y Raquel, mis hijos. Pasos en las huellas…”. Se entiende que la huella es lo que queda como marca del andar, el lenguaje humano, aquello que hemos llamado por excelencia: palabra, no es otra cosa que la huella al descubierto de aquello que antes fue rugido.

En todo el libro, en cada poema, el autor, camina y va dejando que sus palabras dominen, en su trayecto, la idea originaria que el título propone. No es casual entonces que su primer poema, el primer poema del libro se titule “Ecos”, en el leemos:

I

“El mayor puso la primera piedra” –sentenció. ( Este verso va entrecomillado porque viene de otro camino).

Y el vacío pudo más.

 

Un descendiente,

distante,

aún la recuerda.

 

Retumban

voces que jamás oyó.

 

Un eco, apenas,

se desliza.

 

Frente a la sombra sepia

ya casi nada desea.

 

Hijo del monosílabo y la pérdida.

 

II

Una tristeza empozada tras los ojos

sin saber por qué

ni de dónde

ni hasta cuándo.

 

Incómoda,

allí

aguarda que los párpados la oscurezcan

y pueda deslizarse cuerpo adentro.

Porque aún puede,

porque la dejan.

 

III

 

En silencio,

anticipando el olvido

oyó el abrazo de una voz.

 

Alivio más que alegría,

tenue la felicidad.

 

La dulzura enlaza los gestos.

 

Pareadas

la distancia

y el quizá.

 

He querido leer este poema que es una especie de llave desde donde se remarca y profundiza el sentido de huella del lenguaje, particularmente del lenguaje poético. Todo el libro tiene, en su contenido, la inevitable influencia de nuestros afectos por lecturas anteriores, lo que llamamos influencias. Aquí podemos notar la sutileza con que Saúl se ha dejado llevar por sus gustos, quienes lo han antecedido han dejado en él la necesaria y visible huella.  Notamos con qué delicadeza pasea la imagen de César Vallejo en la segunda parte del primer poema, así como podemos apreciar el mismo paso casi inaudible de Borges en algunos términos que son como su marca en palabras como fatigado o vanas.  Y nos parece parte de la belleza seguir insistiendo en ellas, porque son palabras de un maestro del cual debemos apropiarnos de la mejor manera.

El ordenamiento riguroso del libro y cada uno de sus poemas dispuestos en secciones de tres partes, menos uno que contiene dos y el poema final que tiene diez de las mencionadas secciones o partes.

Como todo libro acunado en paradojas, este que aquí nos llama, tiene la principal en uno de sus poemas titulado: “Maldita sentencia”. En este poema, justamente, hay un verso que es el que da título al libro. Puede leerse, entonces,  en el propio título de ese poema una especie de explicación y enclave de aquello que se apunta en el inicio de esta conversación y en la propia contratapa del libro, cuando se dice de aquello que “antecede” a la palabra: el rugido, o tal vez el temblor antes de expresar lo que no terminamos de comprender, allí tal vez anide parte de la necesaria explicación de tanta palabra por donde los hombres viajamos en busca de un nombre.

Tantos años, siglos, buscando en la entrelínea, un rostro, una constancia que sea la apertura de aquello que se ubica más allá de nuestra razón y nos gobierna.

Puro arbitrio, innecesaria explicación, estas palabras cuando un libro lo ha dicho de mejor manera, aquí, en estas páginas se distrae  y viaja el  verbo que es nuestra parte y es de todos.

 

Muchas gracias. Juan Maldonado 13 de noviembre de 2017

 

 

 

 

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