Presentación libro Los boleros de Cursimé Lancolía, palabras de presentación por Juan Maldonado 10-9-2019

Perdido en los arrabales del tiempo el hombre pasea su estampa por las noches. Cree, creemos, que algo nos acompaña, aunque estemos en la más absoluta soledad. Es lo que inquieta, una percepción sutil nos hace percibir: algo cercano nos toca, nos acecha.

Que el hombre sueñe es lo asombroso en una sociedad cuyo costado más ruin es el abandono.

Por otra parte y mucho más allá de lo que podamos pensar, existe la pasión, intraducible canal de toda inocencia,  refugio por donde se cuela aquello que nombramos amor y se transforma en el túnel por donde se deslizan las torrentosas aguas que fomentan los insospechados, denodados esfuerzos. Inalcanzables metas.

En un libro poco visitado, El amor y Occidente, donde se intenta resumir la tragedia del amor, Denis de Rougemont afirma: “El sentido real de la pasión es horrible e inconfesable hasta tal punto que no sólo los que la viven no podrían tomar conciencia alguna de su fin, sino que los que quieren pintarla en su maravillosa violencia se ven obligados a recurrir al lenguaje engañoso de los símbolos”.  Fin de cita.

 

En indefinidos paseos nocturnos, el autor de este libro, del cual hemos hablado y seguiremos hablando, Omar Hefling, descubrió a Cursimé Lancolía en un club de barrio, algo perdido, desecho, sombrío, como la fábrica que lo nombraba I.M.E. (Industrias Mecánicas del Estado) que dejó una marca, hoy desconocida, en la ciudad de Córdoba. Allí  fue descubierto Cursimé Lancolía, aunque me gusta nombrarlo por su primer nombre: Cursimé. El primero  en abordarlo, mejor dicho, Cursimé abordó a Omar Hefling en una de las tantas noches en que el ignoto personaje deambulaba, de mesa en mesa, abandonado a su suerte, como todos. Omar lo dejó venir y escuchó, tuvo la paciencia necesaria para que este habitante de lugares invisibles, fuera desgranando, noche a noche, sus historias y llegara a estas crónicas que hoy ustedes podrán leer, por primera vez.

Le contó sus ilusiones, su deseo de hacer de los propios boleros la síntesis natural de todo el campo de apetencias que lo habían abordado en la vida. Cuántos como él habrá pensado Omar, seguramente, con largas razones.

 

Antes que  esto que aquí se dice, otros dos, del mismo porte de Cursimé, aunque lectores ellos, infatigables caminadores de las noches y los bares escondidos. Paseantes  del acotado espacio de la penumbra,  bares escondidos de la ciudad. Dos que son como los apóstoles aquellos que nombró Enrique Wernicke, dos que llevan más de medio siglo transitando oscuridades,  benditas oscuridades en busca de luz, vaya paradoja.

Esos dos, encontraron, antes que nadie, este libro: Los boleros de Cursimé Lancolía de Omar Hefling, compraron un ejemplar cada uno y se dispusieron, como siempre, al rudo combate de la acalorada discusión. Siempre fueron así, la pareja perfecta que discutía con pasión hasta consumir las horas de la noche, para ellos era el hábito fecundo: la pasión por el intercambio de palabras, jamás la pelea.  Sostenían, sí, con estoica altura, sus inevitables disidencias, ello alimentaba sus afanes.

Furibundo La Pepa y José Jerigonza Pérez, de ellos hablo, se conocieron al promediar los cincuenta, en una fábrica, eran obreros de una empresa metalúrgica, allí fueron elegidos delegados. Fue en tiempos de miradas distintas, la página era alimento, se vivía en ella elaboraban, desde ese interior, el sustento indispensable. Muchos obreros creían en los libros, consideraban que servían para algo más: para la revolución, por ejemplo. Se convirtieron en lectores de cuánto podían comprar y los viernes por la tarde se reunían en el cafetín que estaba sobre calle 25 de mayo, entre San Martín y Rivadavia, en un pasaje corto. Allí se juntaban a tomar un café y se trenzaban en largas disquisiciones. Por ese bar pasaron desde Andrés Segovia y Marcelo Masola, hasta el Mono Gatica que una tarde dejó su estampa, inolvidable, sobre el emocionado grupo de canillitas que deliraban ante su presencia.

Furibundo y Jerigonza se encontraron con el desconocido poeta Cursimé, ambos se pusieron a leer el libro y no dejaban pasar palabra hasta comprobar cuánto de lo que ellos mismos tantas veces habían discutido, todo lo que el poeta había dejado en estas páginas parecía constituirse en parte de sus propias vidas, desde el pretendido amor, hasta el olvido. Todo el entramado del amor pasa por las páginas, lo vimos y continuamos viendo, aquí y ahora.

Las flexiones de la vida recorren ángulos ajenos a toda geometría.

Tantos años de prolongadas discusiones parecían tocar costa en estos versos que se presentaban ante sus ojos como un verdadero desafío, una posibilidad ante la que habían especulado tanto tiempo en  centenares, miles de encuentros.  Ahora, acodados en su sitio, el  único lugar de encuentro que les quedaba, lugar secreto y reservado, la única penumbra saludable, al menos lo decían. Con el libro en la mano cada uno trazó, ya era costumbre, innumerables rayas para destacar acuerdos y desacuerdos.

Ellos también habían escuchado hablar de Lautréamont, sabían que había vivido en Barrio Providencia, donde está la calle que lleva su apellido Isidoro Ducasse.  Se habían acercado a Los Cantos de Maldoror, sin pena ni gloria. Poco había dejado en ellos esta obra. Preferían la política, era más clara y cercana a sus intereses. Pero algún poeta siempre acercaba un verso, en su momento los tocó Neruda y Vallejo. Conocieron a Gelman, se quedaron con Haroldo Conti y Walsh, cosas.

Más tarde, mucho más tarde, se dejaron llevar por las aguas de lo inmediato.

Tanta fueron las veces que el retumbo de la vida cotidiana les alteró el café de los viernes, se apagaba en ellos, como adormecido, aquel  bullicio que les ingresaba por las páginas. Las tardes de café eran el único gusto, más los libros. Pulieron, por años, el duro oficio de imaginar un país para todos. Supieron hacer silencio ante el dolor de los caídos, reinaba en ellos el espíritu del mundo.

Furibundo dijo : -mire José, me gusta el modo de este poeta, sobre todo que sea un hombre que no sabe escribir pero ama la poesía, además de ilusionarse con mujeres. Rescato esa particularidad que señala:  él dicta los poemas y el escriba pone lo que le parece, no respeta, estrictamente la letra que le dictan. Además de referirse a Borges a quien, para mí, también algo de eso le pudo haber pasado, sobre todo en alguno de sus cuentos finales, los que dictó después de los 80, enfatizó Furibundo.

-Claro, -agregó Jerigonza, algo de ello puede haber sucedido pero, sigamos con este libro: me gusta el estilo de Cursimé, abierto, franco. Sobre todo que se lo diga aquí, en esta Córdoba pacata, tan engolada y presumida, producto tal vez de la ignorancia de los territorios que frecuentamos.

-Y sí, -agregó Furibundo,  tiene razón, lo hemos discutido muchas veces. Los cordobeses no buscan lo suficiente y, además se leen entre sí, más bien se ignoran. Les sucede algo parecido a un tedioso desinterés por el otro.

Tal vez sea cierto, -continuó Jerigonza- pero el aire mediterráneo no escapa a los que en otros lugares, fíjese que los temas que el poeta plantea vienen de lejos, viajan por el tiempo estas ideas de un amor imposible, como los antiguos trovadores, este costado es el que me gusta de Cursimé, me ha gustado mucho el poema Vértigo del alma, allí subyace, diría, agazapado, lo que otros no se animan a decir, pero él lo dice, por ejemplo:

 

Si el Zorro se lanzara con la espada

le pediría una puñalada

si Elvis rompiera la morada de la muerte

le pediría una balada

si el Ángel de la Fama

bajase hacia mí

le pediría que me salve de la nada.

 

Si volviera a ser niño

miraría hacia los cielos para verte

Señor de los Sueños Perdidos.

 

Tiene razón -compartió Furibundo, también me gusta.  Pero para continuar la idea que estuve leyendo en el libro elegiría, otro poema: Heridas de ti, cuando dice:

 

Cuando apago la luz

canto este blues,

lejos de aquí

en una calle donde un gato lame

heridas de ti.

 

Cuando cierro los ojos,

canto este blues

una parte de mí

en la fuente de una plaza

lava heridas de ti.

 

En este poema, encuentro el viejo rastro de lo que conversamos al principio sobre el tiempo en que el hombre teje, en palabras, lo que siente por la mujer que ama. Y aunque mucho de ello es un imposible las palabras sostienen lo que, para nosotros, es la esperanza transformada en realidad.

Es tanto lo compartido en estos años, querido Jerigonza, ambos hemos comprendido que las razones de la noche no son las del día, nosotros somos parte del invisible entramado, sustancia que promueve la ilusión y nos lleva por los innumerables pasos donde las noches nos deslumbran con su juego de estrellas. Nosotros creemos en todo lo que es una línea sobre la página, es nuestro mundo. Y este libro por lo tanto, es nuestro libro.

 

Muchas gracias, Juan Maldonado 10-9-2019


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