Paredes de Galería Cienerama

Ayer miraba los muros, las paredes del local que habitamos en Galería Cinerama, paredes que escucharon en silencio miles y miles de voces de personas que por allí pasaron. Más de tres décadas, fueron breves instantes, miles y miles de páginas leídas, durante 25 años con aquel grupo en donde pasó la literatura clásica griega, Dante Alighieri y sus temibles fosas, Don Quijote y sus locuras, la clásica mitología, los cuentos más extraños en las antologías más extrañas aún, los poemas de Borges, pasó Lugones y dejó su sombra inabordable. Tanta circunstancia compartida con seres queridos, escritores de nuestro medio y de otros. Aquellos que nos visitaron, como la inigualable presencia de Olga Orozco, Tununa Mercado, Héctor Tizón, Raúl Dorra, Oscar del Barco que nos miró leer y se reía de nuestra credulidad. Carlos Culleré con su infatigable humor que nos alegró tantas mañanas.

Las presencias de aquellos que son parte esencial de nuestras vidas, los que saben que los consideramos y queremos, como aquella niña que llegó con sus primeras páginas y el candor bajo el brazo. O aquella joven que nos dejó sus libros y mantuvo su intachable condición humana a nuestro lado: Andrea Guiu y muchos más como esa persona que apareció en nuestra vida, de imprevisto y nos dejó tanto. Ella, Mercedes Vendramini, con quien leíamos poesía por las tardes, luego llegaron sus libros y ella continuó por décadas comprándonos lo que el género dilecto nos permitió publicar y más muchas más personas como Marcela Rosales y su amigo que luego se sumó al conjunto: Roy Rodríguez. Maresa y José María, tanto hablado con ellos.

Hay muchos más, aquellos que en silencio abonaron nuestra vida: José Pereyra, Juan Bongioanni, Jorge Luis Requena de quienes tanto recibimos. Y aquellos de quienes desconocemos su nombre y también pasaron y llevaron sus libros.
Dos mujeres de talento y temple: Silvia Barei y Beatriz Ammann.

Pensé, mientras tocaba los muros que las voces estaban allí, que no se iban, que Leandro Calle nos traía ese hermoso libro de poemas, el primero, al menos para nosotros, en reivindicar a los sacrificados hombres que cayeron luchando por nobles ideas, hablo de «Una luz desde el río». Con el poeta caminos por las calles de Córdoba y no puedo olvidar haber cruzado sobre un puente, mientras debajo corrían, en morosa lentitud, las aguas del Suquía.
Miles y miles de personas nos han sostenido en el mundo a lo largo de estos años, lo hemos señalado y lo seguiremos haciendo, por un caprichoso agradecimiento a la vida porque todos y cada uno ha sido parte imprescindible. Porque hemos sido acompañados por personas como Héctor Jánover, como Rodolfo Alonso, Roberto Raschella, Esteban Moore, Federico Joaquín, acompañante de tantas jornadas. Hemos demostrado que no necesitamos del Estado para que los lectores lleguen sin su intervención a las páginas más queridas. Hemos tenido la suerte de ser aceptados por libreros como Rubén Goldberg tantos años conocido, Antonio Moro con quien paseamos otros costados de nuestra vida y tantos otros en distintos puntos del país. Algunos de ellos nunca vistos personalmente pero comunicados y amables. El querido Ucrania de La Maga en Rosario y su compañera que es nuestra amiga Nora Moscoloni.

Pero comencé hablando de las paredes y ellas se quedan ahora sin esos libros, estarán vacías de palabras. Por supuesto que el dolor está presente, pero también eso que inútilmente nombramos esperanza y sabemos es trabajo.
Esas palabras, digo, ya no estarán allí, se mudan para siempre a otros espacios. Será nuestra casa la que sustente esos ideales que nos acompañarán hasta el final de los tiempos. Pero en verdad son los libros. Lo que uno quiere es el libro y su refutación. Porque leemos para conocernos y cuando avanzamos en nuestro propio conocimiento nos refutamos, imposible no hacerlo. Uno debe refutarse diariamente para confirmarse como hombre en este mundo donde los imperios que dominan van por calles transversales a la nuestra.

Por eso, insisto en mi denodado capricho de decirle gracias a todos, los no nombrados valen tanto, como mi propia familia, como mi compañera Silvia Otero y mis tres hijos Martín, Ileana y Sol.
Todos los seres son merecedores de este largo agradecimiento y, en primer lugar, como se sabe, está la voz aquella primordial que me dejó escuchar las primeras y más bellas palabras, las de esa mujer de la cual vengo y que puso sus manos y el afecto para que los primeros pasos fueran dados. Muchas gracias, nuevamente.


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1 respuesta en “Paredes de Galería Cienerama”

Leí con una atenta emoción estas palabras de un entrañable amigo y mejor ser humano. Son muy pocas- contadísimas- las ocasiones en que traigo a cuento una frase de Gabriela Mistral sobre una amiga suya devuelta a la luz: «Saberla en el mundo limpiaba la existencia». Y la aplico al autor de estas líneas ut supra, mi querido Johannes Carolus: saberlo en el mundo me limpia la existencia- Sí, también yo he pasado alguna vez por el sitio vaciado y he sentido la punzada de la nostalgia pero también creo -firmemente- que todas esas voces, extintas o presentes, siguen habitando ese espacio en su transposición paralela: la de la otra vida a la que estamos destinados y a la otra vida- también paralela- de las miles de páginas que componen al cabo el único universo posible: el de la creación y el diálogo. Un abrazo fraterno y a todos los de tu entorno J.C.! Y vaya por muchos años más de Alción, que en éste, tu caso, ya no es un ave fatua sino otra muy lúcida y crítica, como
un azor.