Ñamandú, una poética construida desde lienzos ajenos.

Porque primero debemos agradecer y es al autor de este bello como infrecuente libro que tenemos el orgullo de presentar antes ustedes, en una Librería muy especial y querida como El Espejo Libros, que inició Antonio Moro hacia 1989 y hoy están, aquí, acompañando este mismo e idéntico camino los jóvenes que acompañan y dirigen cada uno de los días, un destino en el libro. Gracias, entonces, Antonio y a cada uno de los que conforman el grupo por apoyar esta noble iniciativa: ceder su espacio, compartirlo.

Decía que nos corresponde y debemos nombrar al autor de este precioso libro, Ñamandú de Bernardo Massoia, cordobés, poeta, docente, traductor de poesía y Doctor en Letras. Él ha publicado anteriormente los libros: Historia de la sangre (2009); Absurdo pero en Lima, universal pero Vallejo (2012) y Lima y sus poetas. Agravios y desagravios (2014).

 

Hablar de un libro es tratar de acercarnos a él con el mayor sigilo, como si nosotros fuésemos solamente una sombra.

 

Entonces, digo:

 

Nada más palitos, el núcleo alrededor del cual miramos, como de lejos, la inmensidad, el río, los cielos comidos por el verde de la tanta lejanía.

Nada más unas voces que impactan el temblor del aire y un sonido truena haciendo notar el acento en la última sílaba: Ñamandú, Añá, Tupá, Kuñá, macá, tataupá y más…

 

Hace años, muchos años, cantábamos “Tata upá, kichororo, kichororo” bajo la sombra del sauce sin conocer que el hilo finísimo de la araña tejía el traslado de las voces y las incorporaba a este libro que hoy se acuna en nuestras manos.

Paraguay, sus nidos ancestrales, una leyenda enclavada en la tierra y estos versos que devuelven la rica sustancia de una esencia cuyas voces ignoramos. Pero más, la ajenidad se extiende a lo que ven los ojos de Cándido López quien lienzo tras lienzo deja que los patos sobrevuelen los ríos, mientras pinta y deja que el halo lo penetre. El destello y brillo de los peces que saltan y salpican, todo un baño de vida se introduce en la tela y queda, aguarda el tiempo de otros ojos.

 

Ñamandú, el primero, quien puso la luz e inició el camino. Él puso en la contratapa de mi ejemplar un círculo y una pisada diminuta. No entiendo aún ese mensaje, pero está, como la serpiente que se desplaza y busca, en su plástica  naturaleza lo que plasma su signo.

 

López y otro lienzo que es el mismo, pues se repite en ella ese puñado de seres que habitan América. Suena en curupaytí-fuego, dice Bernardo. Repito, en silencio, su línea, la reitero como las antiguas leyendas que fueron llegando de extraños lugares poblados: tanta piedra y lodo. Bajan las aguas y el torrente no deja que la vista penetre la secreta soledad del mimbre. Hay silencios que estremecen el canto. Vallejo regresa, deja una flor y parte. Roa Bastos no, él es parte de esta tierra que se nombra, es parte del juego y toma su puesto. Él ha tocado con su cuerpo entero los dispersos ramales de la tierra. Tierra caliente en espera, en celo multiplicador. Esforzados anhelos, casi nada en el hoy, todo es mañana, un día.

 

Avanzamos, avanzamos a tientas por el libro. Todo es un gran acoso, estamos azorados, por la humilde y conmovedora manera de entregar cada línea.

 

Dice el poema:

 

sólo un río

 

paraguay más viejo que dos países

más verde que ellos juntos

menos que un nombre

 

un héroe, mil generales

sólo pueden en él

hacia otra orilla

 

escora una patria

sólo un río

ni nación ni protector

 

ni paraguayos en camalotes

cruzando

ni blancos en bajel fantasma

escoriando

 

ni hay casa en el río

ni quedan palabras en él

ni un vuelo por más breve…

sólo Ñamandú, mientras vuelve

 

sólo un verde, inconsciente

naciente, no reivindica

muriendo, no inculpa

cosas de hombre

 

habría, formidable un templo

allí donde sólo hubo

proeza de vivir

 

primero sólo algo dicho

y luego, sin recuerdos,

jamás nombrarán…

dirán: al “paraguay”

 

A lo largo del libro, breve, intenso, pasan; navegan las palabras que señalan, dibujan, tejen espacios posibles de esta desguarnecida tierra. Al hoy le hacen falta estas palabras, le hacen falta señales que digan lo que otros callan. Voces que se aparten de la inmediatez de tránsitos confusos para internarse en otra inmediatez candente, la que, oculta, no se nombra. Todo esto no es halago, es agradecimiento a quien se reclina sobre la página y escribe poemas como lo hace Bernardo Massoia, para que nuestro presente pueda nombrarse de otro modo. Ardua tarea cuando vemos y leemos cierto fácil decir en que cae la crítica de textos en el mundo, la aprobación y reproducción de tanto libro vacío.

Podemos destacar que los versos parecieran nacer de mano anónima, esa limpidez que viaja en la infrecuencia los eleva. Acompañados por ellos seguimos, nuestra percepción es beneficiaria y puede sentir que es posible acumular sentido donde antes no había un rastro que dijera estas palabras, traer de este lado, para nosotros, la parte que nos ha sido quitada.

¿Qué  más debemos decir para celebrar este libro? Debemos, por ejemplo, señalar un acápite notable colocado debajo del título del poema “en este bosque de animales petrificados”

Dice: “… en medio de nosotros/ nuestra verdadera alma./ se encuentra en el medio./ y están alrededor de otras almas./ y encima de ellas/ nuestra alma más delgada/ a la cual primero la lleva el  malo,/ o también las lleva todas/ y una sola se queda con nosotros. (sueño-fragmento de un relato nivakle, pueblo guaraní del Paraguay).

Tal vez sea necesario agregar, por el hoy que nombramos. El pueblo Nivakle es de estructura matriarcal. La mujer es la que lleva la iniciativa en todos los sentidos, el hombre cuida de la casa, atiende y hace lo que en las sociedades patriarcales la mujer. Incluso en el trance amoroso, también la mujer es dueña de la iniciativa.

Nos parece justo cerrar nuestras palabras dando lugar a lo que el autor señala en la apertura, como una manera de dibujar un círculo -el de la contratapa que antes dijéramos- leyendo esas palabras tan bellas que dicen:

“durante la noche, velaba a sus pies, mientras él

descansaba en su lecho.

Sin embargo, nunca sentí fatiga física o mental alguna,

y en tales ocupaciones pasé un milenio”.

Buda, El Sutra del loto

“Inútil decir más. Nombrar alcanza”.

Idea Vilariño

 

Muchas gracias, Juan Maldonado 4-7-2019

 

 

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