La refutación, una posibilidad.

El universo entero puede caber, quizás, en un intento de sentencia. Por supuesto que ya lo dijo William Blake.

Muchas veces pensamos en las obras de los hombres, los que nos han precedido y alcanzaron notable dignidad por sus hechos, por haber empleado su vida con nobleza.

Pero suele, de tanto en tanto, tocarnos el espíritu una especie de halo que alumbra por un costado en el cual habitan los personajes internos (que todos llevamos a cuestas) y nos soplan al oído frases, o a veces desde una interioridad no visitada con frecuencia, nos llegan voces que refutan obras que hemos leído, obras amadas. Esas voces señalan pasajes y dicen cosas que ni siquiera sabíamos o no habíamos advertido que alguna razón había para volver a ella y revisar. Luego, aquello, construye la primera refutación a un orden que se encuentra establecido, que tiene domicilio en páginas y ha viajado largamente por los ojos de muchos lectores. Entonces uno piensa en el sentido de esa idea que le cruzó la mente y tal vez se reprocha, porque no sabe si lo que piensa es justo, y más a menudo, se critica el sentido de la refutación misma. Pero, es verdad, también, que las refutaciones corren riesgos (el albur, diría Borges) de tornarse retrógadas y, a su vez, quien refutó puede ser refutado por otros y así sucesivamente.

Pensé en un momento en las dos últimas líneas del poema de Borges: “Fundación mítica de Buenos Aires”, en las líneas que dicen:

«A mí se me hace cuento que empezó Buenos Aires,
La juzgo tan eterna como el agua y el aire.».

Pensé que en lugar de agua, en la línea final, debía decir: alba.

El alba es parte del tiempo, el manto de la eternidad.

¿Por qué? Por la palabra anterior «eterna», está en la línea. En la eternidad, quizás cabe el alba, pero no sabemos si el agua está presente, el agua es algo nuevo, aunque parezca contradictorio, no es amigo de la eternidad. La eternidad es algo en lo cual, el mismo Borges no creía, lo dijo en una de sus charlas en Córdoba. ¿En qué creer respecto a esta inocente cuestión sobre la eternidad de Buenos Aires?

Tal vez vale pensar que el poeta se dejó llevar por la cadencia de la lengua y con eso se resuelve cualquier intento de continuar sobre otras cuestiones que no podemos descifrar desde nuestra inalcanzable ceguera.

Opiné también en el instante mismo, que la segunda línea no debió usar un verbo como juzgar, tal vez debió decir:

Me la imagino eterna como el alba y el aire.

Esto no quiere decir que la insistencia deba retroceder, sigue latiendo, allí, en un interior no frecuentado. Desde donde la persistencia señala: la palabra que debía estar allí es alba. Solo eso, nada más. Saludos, Juan Maldonado

 


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