La biblioteca

La biblioteca
Cada persona que deja crecer una biblioteca sabe, o en algún momento intuye, que los libros toman decisiones: ellos se agrupan y, si los visitamos, tomamos sus cuerpos, responden con insospechada amabilidad.
Jamás nos ocupará el pensar que alguien puede agotar el tema, solamente nos sucederá acercarnos a los pequeños resquicios, especie de calles sin diseño, que se autoconstruyen en los espacios libres ocupados por estos seres que llamamos libros. Los encuentros entre ellos tal vez los rija o promueva la misma ley de encuentros y desencuentros humanos. Sin poder precisar el cómo, en la mayoría de los casos, hay una especie de invisible guía que conduce a su arbitrio, seamos conscientes o no, el total significado; por otra parte no tenemos participación alguna frente al designio del paso próximo.
Perseguimos nuestro impulso de búsqueda, renovamos entusiasmos, repetimos gestos, el espacio crece y desatendemos los casos en que, nos visita esa especie de llamado, un pequeño golpe de página nos indica que el libro nos ha colocado en el exacto sitio en que nuestra realidad y la de la página coinciden, como si fuésemos nosotros y no la página la fotocopia. Siempre habrá una primera vez, para todo. En lo personal esa primera vez, nombro en la que fui consciente del hecho, mi compañero de ruta fue Joyce y su Dublineses. En el movimiento de la lectura, el libro se insertó de lleno, cual extraño reflejo, al exacto momento y circunstancia personal. Cada página actuaba, se insertaba en mi interior; era un cuadro de los que, por aquel entonces, atravesaba mi vida. El hecho se repitió en innumerables oportunidades años más tarde al punto de cambiar, para siempre, mi relación con la inabarcable totalidad de las páginas. Ahora sí, entiendo parcialmente, por supuesto, el magnífico sentido de todas las demandas. Los libros están y se acomodan, hablan como ellos quieren, no como pretendemos nosotros.
Un tiempo hubo en que mis pretensiones eran acomodar los libros por autor, género, nacionalidad, temas, etc. Luego, como todo lo que crece, ellos tomaron otra decisión. De ellas poco puedo hablar, nada más comprobar que sus diálogos van y vienen, crecen como una secreta arquitectura, donde los puntos cardinales y las dimensiones juegan en planos intercambiables, insólitos en muchos casos.
Para dar un ejemplo concreto mencionaré uno de esos “diálogos” entre libros. La semana anterior tenía que participar en uno de los habituales programas que lleva adelante el querido Omar Hefling. Dada la situación que vivimos pensé hacer una referencia al existencialismo, tan de moda en los 60 y sostenido por la mano de Jean-Paul Sartre. Mucho se dijo por entonces, quedó su huella en la literatura y el cine. Recordé que siempre he tenido en cuenta a Roberto Arlt y su novela El amor brujo, cuyo protagonista principal Estanislao Balder tiene ya, en el año 1933 el perfil de exacto existencialista, toda la novela es un anticipo de lo que luego será La náusea de Sartre o El Extranjero de Albert Camus, por nombrar las dos más conocidas.
Cuando participé en el programa de Omar, conecté la fecha en que Arlt escribió esa novela con el año en que Hitler ganó las elecciones en Alemania: 1933. El día anterior había estado releyendo la novela de Arlt, editada por Mirasol, de la Compañía Fabril Editora en el año 1968. Una frase del libro llamó mi atención, está en la página 23 y dice: “Ella en la sombra, con los brazos cruzados sobre sus senos lo retrotraía a días de placer incompleto, en los cuales el goce, por extraña antinomia, se convertía en azulada atmósfera de país de nieve …”. Me sorprendió la última frase “país de nieve” pues tenía a mi frente, el libro de Yasunari Kawabata “País de nieve”, escrito también por los años 30, pero un poco más tarde que el de Roberto Arlt.
Nada en particular puedo extraer de esta circunstancia, solamente que los libros abarcan planos de la realidad, de un tiempo en que muchas cosas suceden y luego las páginas actúan como si fuesen espejos que reflejan los hechos y el tiempo del universo en una escala tan vasta que el mínimo espacio de una biblioteca personal parece comportarse como una célula que refleja una totalidad mucho más amplia. Pensé nada más en lo que podría haber llamado a Kawabata a colocar ese título a su novela. Claro él vivía en una zona de Japón donde más nieve cae en todo el planeta, hasta cuatro metros de nieve se acumula y las personas se pasan en sus casas meses sin salir. Hoy el reflejo conceptual se nombra cuarentena. En la Buenos Aires de Roberto Arlt no caía nieve, pero en los ojos del lector que estaba leyendo su novela la nieve le llegaba de la mano de un escritor japonés, ese es el reflejo especular del cual estoy hablando y el mismo se había aposentado frente a mis ojos, al igual que el pajarito que acaba de construir su nido en el jazmín y al cual le alcanzo agua y alimento diariamente, él puede que sepa algo de los libros, los mira desde fuera, no ingresa a las páginas porque no precisa de ellas, conoce su vida y circunstancia mucho mejor que nosotros.
La pareja de chingolos traerá pichones, ellos volarán libremente. La biblioteca seguirá reproduciendo sus fantásticos diálogos y nosotros tomaremos, al pasar, los que más impacten nuestras vidas.
Juan Maldonado, 10-11-2020
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Hector Giuliano, María Emma Barbería y 5 personas más
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