Huellas

Encontrar pasos, seguirlos. Perseguirlos intuyendo que son parte de aquellos refugiados en el pequeñísimo hueco de la tosca. Ver lo indescifrable en esa huella, rozarla con los dedos de la mano, acariciar la totalidad del pie y conocer ínfima parte por el callo de anónimo viajero. Aquel que, antes, anduvo por el arenal y la tosca. La huella del arenal viajó en el viento.  La tosca sobrevive, no por mucho.

Oscurece el alma no saber el tiempo transcurrido, no tener campos de certeza o estrella que ilumine indescifrable juego. Búsqueda insaciable.

Como toda pasión, finalidad incierta la obsesión. La búsqueda que pensamos lleva a descubrir en ocultos paradigmas lo imposible; infinitos rumbos perdidos en la conciencia. Tapadura de la telaraña alejada que nadie alcanza y toca.

Tal vez ronda el invisible, el que nunca pudimos ver y algunos dicen.

Nos observa, pasivamente observa, cómo cae abruptamente una construcción, las vanas pretensiones de olvidada y desteñida perfección. No existe tal cosa. De todas las dinámicas una de sus coordenadas  nos recorre: el tiempo y su prevista, exacta, definición de los hálitos. Lo demás, incluida la más sólida aspiración, vano reflejo de falsas creencias.  Ni siquiera utopía.  Ella, esa voz enmascarada, es otra cosa: desmesura, agotamiento y gasto. Transpiración y muerte de lo antiguo, imposible cumplimiento, anhelos desvaídos incapaces de enfrentar la furia del oleaje.

 

Agua enloquecida, pobres cuerpos de los hombres. ¿Cuándo lo abrazará el canto esperanzado? Elevación callada. Abrumado silencio llega al centro de intocada nota. Expulsadas del paraíso todas las especies, su canto fue arrasado, disipado. Más tarde sobrevino el renacido acoso frente a la iluminación de la que tanto.

Hemos insistido durante siglos, hemos asistido ante el desviado camino de la contemplación. Escasa respuesta, para el cuerpo y más para el alma: no hemos podido ver el rostro que decimos. No está. Ni arriba, ni abajo.  ¿Podremos confirmar que nunca estuvo?

Quizá nos vio y el horror produjo su estampida.

Quedamos suspensos, solitarios frente a tanto desierto y arenales.

No ha quedado más que un resto de palabra incomprendida, ecos sin fin. Largas murallas tras las cuales giran las tormentas. Los hombres deambulamos sin sonido, cruzados por ideas descarriadas; siniestras muecas de amplios gritos sin respuestas. Alaridos fugaces son las vidas. Pasan, no regresan. Repeticiones extraviadas, perdidas mansedumbres.  Nada más ocasos, más ocasos.

El traspuente, la ventisca roza el musgo adormilado. Arriba la gran curva nos aguarda.

Y el arenal, la tosca, la huella transformada en largo sueño persigue el otro pie, también descalzo, encallecido y mudo. Seca la garganta de sus dedos, andar y andar por siglos en busca de sombra y silencio.

La eternidad, un mero cauce.

Juan Maldonado, 18-6-2020

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