El modo de hablar de los libros

Tiempo atrás, más de veinte años han transcurrido, caminaba por las librerías de Buenos Aires, ofreciendo las novedades de Alción a los libreros con los cuales tenía contacto.

Alrededor de las cinco de la tarde, tarde otoñal, ingresé a Librería Gandhi, que por esos años, ocupaba el lugar de la actual Librería Losada. Apenas me atendió el encargado de compras comencé a mostrar títulos, los que pensaba le interesaban y el librero comenzó a confeccionar su pedido:

Contruir, habitar pensar, de Heidegger, 50; Una fantasía metafísicca,  de Schopenhauer, 50; Del desierto al libro de Edmond Jabès, 50, Hacia la prehistoria de la metafísica, Han-Georg Gadamer, 50; Marcilio Ficino y el Platonismo de Eugenio Garin 50; El Sol y el Acero de Yukio Mishima, 50; Momentos de Henri Michaux 50; El dolor de Ungaretti, 50. Era el nivel de compra que hacía por aquel entonces esa librería, la más grande del país en el momento. Al menos de las que nos interesaban a muchos.

Sonetos Lunfardos

En un momento dado saqué de mi maletín una novedad que podía interesarle al librero: Sonetos lunfardos de Enrique Otero Pizarro (abogado penalista cordobés que vivió en Buenos Aires sus últimos años). El librero miró la portada del libro, con indiferencia, rechazó educadamente la oferta. Justo, en el mismo instante, ingresó a la librería el tango. Es decir, alguien que lleva en su porte la totalidad de la expresión que el tango lleva acumulada por años: era un hombre alto, vestido de impecable traje azul a rayas blancas, cruzado: camisa bien abierta y cuello amplio y el indudable peinado hacia atrás, casi con jopo.

El hombre se dirigió al librero y en alta voz preguntó:

-Pibe, ¿tenés algo de poesía lunfarda?

Aprovechando el breve desconcierto del librero, saqué el ejemplar antes nombrado y se lo alcancé al cliente. El hombre, miró la portada del libro y preguntó: ¿Quién es este coso? Le respondí lo necesario, que era un admirador del tango, abogado y poeta, que vivió en Buenos Aires, etc. El hombre, abrió el libro y leyó el primer soneto titulado “Liminar asonetado” que dice:

Sonetos de este reo en decadencia

Que siempre se chifló por los poetas.

Por su bronce sonoro de áureas vetas.

Por sus flores, sus rimas, su cadencia.

No me asusta el brulote de la ciencia

De críticos, dotores o shushetas.

Y ya me cafishié las dos cuatetas,

Con aquel otro Lope en coincidencia.

No conocí lo fino o elegante.

Y aunque suelo pecar por ignorante,

Ya me voy morfilando los tercetos.

Es que en mis años de experiencia viva,

He logrado junar la preceptiva

Y hacer, aunque en lunfardo, mis sonetos…

El cliente, libro en mano y luego de leer el primer soneto le dijo al librero, este lo llevo. ¿Qué más tenés? Instantes más y el hombre observaba, entretenido, cómo el librero se tiraba debajo de las mesas sin encontrar un solo lunfa en la inmensa librería de Buenos Aires. Haciendo gala de invisible tenacidad, el libro, aquel libro, hizo valer su deseo: llegó a un lector.

Es bueno aclarar también, como señala quien hizo la recopilación del libro, Roberto Ferrero, historiador cordobés, el vocablo lunfardo, significa: ladrón.  Se dice que las clases bajas de la ciudad de Buenos Aires, a principios del siglo XX, usaban de él, como un modo de protegerse de la persecución de la policía, que, como toda policía indaga el alma de los pobres, afición por la metafísica, que le dicen.

Juan Maldonado, 2 de junio de 2019.


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