El lector y su libro

Por Juan Carlos Maldonado

Mucho tiempo, tal vez demasiado o quizás nunca podremos entender el porqué de un efecto de lectura.

Hacia el año 1971 leí en la revista Primera Plana la reseña que escribió Juan Martini de la novela “Locus Solus” de Raymond Roussel. Me gustó el enfoque y le pedí a quien era por entonces mi novia, hoy mi esposa, Silvia Otero, que me consiguiera un ejemplar de la novela. Partió ella con el encargo, compró un ejemplar en Librería Nubis, de Don Egidio Rey Ortega, uno de los mejores libreros que conocimos en Córdoba.

Edición Seix Barral

Con la edición de Seix Barral en manos, me enteré que se trataba de la primera edición en español, tomada de una versión francesa publicada en 1965 por Jean-Jacques Pauvert, Éditeur, 1965. La versión de Seix Barral fue traducida por José Escué y Juan Alberto Ollé.

Comencé por acercarme al autor leyendo los datos que trae la solapa de dicha edición. Hay en ese espacio un una breve semblanza del notable escritor. Se agrega hacia el final la constancia que la novela había sido publicada, por primera vez, en Francia en 1914. No hay mención de la casa editora.

Una vez comenzada la lectura, a poco de avanzar, sucedió lo que habitualmente nombramos inesperado: comenzó a moverse en mi interior una sensación de que lo que tenía en mis manos no era un libro. Parecía que, a medida que avanzaba, me internaba cada vez más en territorio inexplorado, lo cual fascinaba de tal modo el ánimo que impedía salirme del libro, por más que el deseo me lo dictara. Es decir, en un momento la impresión indicaba que el lector era parte del libro y el libro descendía y se internaba en el interior, nos movíamos acompasadamente. No puedo decir que leía palabras, porque ello no era así, lo que sucedía era otra cosa. La operación de lectura había sido derrumbada y lo que emergía de las páginas eran solamente figuras, las imágenes que el autor describe, página a página, y que él mismo ha construido con sus manos, se desplazaban desde el inicio y me llevaban de una habitación a otra mostrándome, desde el grueso detalle hasta el funcionamiento, milimétrico de cada una de ellas. Las enorme variedad de figuras se movían sin pausa alguna, me encontraba frente a la gran danza de la vida, podía sentirse el hálito de la respiración de cada uno de los personajes que caminaban a mi lado y al lado de cada uno de los visitantes del “Lugar Solitario” que tal vez también serían lectores, que simultáneamente éramos dirigidos por Martial Canterel.

Más páginas pasaban frente a mis ojos y más imágenes desbordaban mis sentidos, el libro me conducía a profundidades no vistas, ni previstas, lo sucedido en cada página era como un acto de magia irrepetible que a su vez se renovaba en la página siguiente y no podía regresar al impacto de la página anterior pues una nueva aparición superaba aquella instancia, así pasó frente a mí la primera mitad de la novela. El regreso fue el impacto más extraordinario que he podido tener a lo largo de mi vida dentro de un libro. Cada paso que daba, cada imagen que ingresaba por los ojos era un nuevo y desconcertante cuadro que se integraba al grupo de imágenes de la primera parte y concluía la construcción de un enorme y vasto mandala cuyo origen de nacimiento estaba enclavado en el alma de su autor.

Cuando terminé de leer la novela, es decir, cuando la novela terminó el experimento que había realizado conmigo. Estuve con el libro entre las manos horas y horas. No podía creer que el libro era un ser vivo, que estaban vivas las imágenes, que ellas habían durado en mí todo el proceso de lectura, que no eran las simples horas de una vida, sino un tiempo literario imposible de explicar.

La primera reacción de un lector es compartir, entonces salí en búsqueda de dos ejemplares. Conseguí solamente uno, se lo regalé a una persona muy inteligente, según yo. La persona jamás me dijo una palabra. Años más tarde conseguí otro ejemplar y repetí el gesto. Idéntico resultado.

Mientras crecían en mí, por su cuenta, diversas hipótesis. Una de ellas, la más firme, indicaba que un novelista argentino prestigioso había robado el argumento para su novela, ese novelista había sido protegido por un escritor notable. La torpeza del novelista argentino es que no supo disimular y cambiar los nombres de los protagonistas para no dejar pistas. Hoy, cualquier lector inteligente sabe de quien se trata.

Pero debí soportar, en soledad, veinticinco años hasta dar con el hallazgo de un lector y con él coincidimos tanto en la admiración hacia el extraordinario novelista como el desfachatado escamoteo realizado sobre su obra.

Los años pasaron y un día, en una entrevista a Enrique Vila-Matas, el escritor español dice que, entre los cinco libros más extraordinarios de su biblioteca está la primera edición de “Locus Solus” de Raymond Roussel, publicada en 1970 por editorial Seix Barral, es decir, la misma edición que tengo en mi biblioteca.

Lo notable es que, cuando Vila-Matas cuenta su experiencia de lectura de la novela le sucede, punto más punto menos, algo similar a lo que sucedió al lector que llevo, quizás sin saberlo caminamos uno al lado de otro, pasa con muchos libros. O sea, quizás, no.

Anisacate, 19 de Octubre de 2020

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