Decíamos ayer… por Carlos García

Reseña de Ana Camblong

Reseña de Ana Camblong: Como te iba diciendo. Ensayitos diarios.

Fray Luis de León (1528-1591) fue un sacerdote y poeta español, de origen judío con­ver­so. A raíz de su traducción del Cantar de los cantares, padeció cinco años de cárcel. Según quiere la leyenda, al salir de la prisión retomó su cátedra de “Sagradas Es­cri­turas” en la Universidad de Salamanca con el acostumbrado giro: “Decíamos ayer…”, como si nada hubiera pasado.

El topos tiene una larga tra­dición, también en Argentina (David Viñas lo usa, por ejemplo, en un texto publi­cado en 1984).

Ana Cambong, fiel a su modo cansino y chacotón, prefiere traducirlo al criollo: Como te iba diciendo, que también trae un como eco lejano de Mace­donio Fer­nández. Ella misma alude en el prólogo al “entre nos”, que recuerda a Mansilla, el autor de las Causeries. El género “Ensayitos”, a su vez, intenta desal­midonar.

Los textos recopilados en el breve volumen (220 páginas) proceden de la prensa de Posadas: Camblong, docente emérita de la Universidad Nacional de Mi­sio­nes, al­terna sus profundas investigaciones con glosas a temas de ac­tualidad en diarios provinciales. En este caso, se trata de una selec­ción de textos apa­re­cidos los do­mingos de 2013 en Primera Edición con el título “Pre­guntar es hu­mano”, y de otros, menos breves, apare­ci­dos en el su­plemento Enfoque (2014-2018) del mis­mo periódico.

Escojo algunos títulos del libro, casi al azar: “Qué sentido tiene…”, “Alfabetizar”, “Cuidar la palabra”, “Metrópolis”, “Privilegios”, “Amigo-Piglia” entre los menos cortos, y entre las preguntas, “¿Me entendés?”, “¿Qué significa el verbo res­petar?”, “¿Qué es un candidato?”… Son, en total, 46 textos.

Camblong es una de las más originales y fecundas investigadoras de la obra de Macedonio Fernández. Basten de muestra dos textos monumentales: su edición crítica de Museo de la Novela de la Eterna, y su Macedonio. Retórica y política de los discursos paradójicos (Eudeba, 2003).

Desplegó en ambos sus saberes sobre Semiótica, que atraviesan también otros de sus discursos, incluidos los que contiene el libro aquí comentado. Ella describe así el significado del término: “ciencia que estudia las significaciones y los sen­tidos, los valores y las creencias de una comunidad” (págs. 171-172).

Es que para Camblong la Semiótica no es apenas un modo de pensar los temas más importantes, las últimas preguntas, sino también un modo de comprender y explicar la reali­dad circundante, lo grande y lo pe­queño, en todo su esplendor o, más a menudo, en toda su malvada bana­lidad.

Debo confesar que no puedo juzgar la obra total de Camblong. Por un lado, por falta de algunos conocimientos imprescindibles (o al menos útiles) para com­prenderla cabalmente, sobre todo porque se ha extendido, a lo largo de los años, a temas relacionados con la edu­cación en zonas precarias, de lenguas corruptas o fluctuantes. Camblong es en todo sentido una humanista: no solo se ha ocu­pado en alguna torre de marfil de los temas que la apasionan como persona, sino que tiene una trayectoria política, otra como docente, otra como gestora de la Dirección de la Universidad, una más como delineadora de nuevos planes de estu­dio, pero también de análisis de diversas precarie­dades regionales y pro­puestas para su solución. (Una lista de sus numerosas actividades y algunos de sus títulos pueden verse en la solapa del libro comentado.)

La razón fundamental para mi prurito es, sin embargo, de otra índole. En 1997, cuan­do yo estaba dando fin a mi libro acerca de la correspondencia entre Ma­cedonio Fernández y Jorge Luis Borges (que apareció con mucho retraso, en el 2000), recibí una cordial carta de Cam­blong, que obtuvo mi dirección a través de Adolfo de Obieta. El entusiasmo de él por mi proyecto contagió a Camblong, quien generosamente me alentó a concluirlo y comenzó a hacerle propaganda en congresos y otros círculos ya antes de la aparición del libro. Esa carta fue el comien­zo de una intensa amistad que no ha cesado hasta hoy. Camblong fue mi Vir­gilio en relación con Macedonio y algún otro tema, y me place confesarlo pú­bli­­ca­mente. Quiero creer que yo, dentro del marco de mis exiguas posibi­lidades como novato, tam­bién logré serle útil de alguna manera, siquiera por el inter­cam­bio de materiales. Pla­neamos algu­nos libros juntos, que por una razón u otra no se concretaron. Sin embargo, el diálogo cómplice no cesa…En lo que sigue, intento ser tan im­parcial como me sea posible.

En Como te iba diciendo, Camblong adopta una voz nada profesoral, sino cóm­plice, coloquial: sus textos son parte de una charla amistosa con los lectores, a los que interpela frecuentemente.

Allí, Camblong se distancia internamente de muchos términos que en­torpecen y hasta malogran la conversación cotidiana, para po­der mirar­los mejor, y descubrir lo que verdaderamente nos dicen o para desen­mas­carar lo que otros desean que oigamos en ellos.

No hace falta ser paranoico o afecto a teorías conspirativas para decir que en nues­tras “desman­teladas repúblicas” (Borges dixit) mu­chas pesadillas se han convertido en diaria, grotesca y / o sangrienta realidad. Un país expoliado desde hace unos 90 años, con breves islas de decencia (Illia, Alfonsín – a pesar de sus errores), un país escindido en dos mitades absurdas, ya que ninguna de las dos ofrece las soluciones re­queridas, un país donde nos hacen todos los días el verso, uno nocivo y entregado al capital extranjero, el otro con bombos y platillos au­tóctonos.

Lo que Camblong hace es apenas esto: no se traga el verso (lo digo en el estilo de alguna de sus glosas, donde traduce, por ejemplo, ipso facto por “sobre el pucho”).

Tal es el caso cuando se ocupa de lo “global” y sus falsas pro­mesas (págs. 95-97).O su alegato en de­fensa de la educación pública (págs. 143-146), que viene sien­do despresti­giada a man­salva y con aviesa intención. O “¿Qué será el es­cán­dalo?” (págs. 147-150), que abarca con la mirada desde la antigua Grecia hasta nuestros corruptos días de hoy, y donde no se priva de mezclar la me­tafísica con bajezas y penu­rias de nuestro país, no sin un dejo de amargo humor.

Podrá parecer, y quizás hasta lo sea, una mala parodia de dichos de Borges sobre Mace­donio, pero debo confesar que en este libro de Ana Camblong, más que en otros de su pluma, yo reconozco su voz, su entrañable voz: tanto su voz epistolar como su voz real, sus dichos, sus giros cotidianos, en parte de tono local, y tam­bién, por qué no decirlo, varios de sus tics.

No es esa la única razón por la que recomiendo la lectura de este profundo, di­vertido y doloroso libro, pero sí la más importante en mi fuero interno.

(Hamburg, 19-XI-2018)

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