Apostillas 2, derivas de una historia de lecturas: Capablanca en Canetti y Cortázar: adyacencias, fondo/izquierda, de la llamada “realidad”.

Luego de haber dejado una mínima constancia de cómo puede encontrarse lo que denomino fisura, abertura  o grieta  producida en la “realidad” por la literatura continúo el juego, cruzado, inicialmente, por un solo nombre: Capablanca.

Señalé las dos novelas de dos autores distintos: Canetti y Cortázar, separadas por algo más de 42 años y cómo por sus páginas pasa Capablanca, nombre que, a su vez, produce o recrea otros nombres. Dije nombre, a sabiendas que es un apellido, pero para el caso vale, creo o acepto el error.

Señalé el caso de la novela “Auto de fe de Elías Canetti, escrita en 1930, en Viena y publicada en 1935, en Alemania. Uno de los personajes, un carterista marginal, Fischerle,  jugador de ajedrez en un hotel de mala muerte, en un momento de “delirio”, piensa en un viaje hacia los EE.UU., donde enfrentará al campeón mundial de ajedrez el cubano  Capablanca, al cual derrotará de modo inapelable y se convertirá en millonario. A partir de ese hecho, la imaginación del personaje prosigue y lo notable del caso es que, el tal Fischerle, (apellido judío) debe cambiar su apellido. Cuando gana el torneo y sale publicado en los diarios. Le reprocha a la prensa que ha publicado su nombre y  señala, enfáticamente, que hay error: su apellido es Fischer. O sea, en la novela, en un pasaje, tenemos un campeón mundial de ajedrez, en el año 1930, de apellido Fischer.

42 años más tarde, en el plano de lo que llamamos “realidad”, el  que será el verdadero campeón mundial de ajedrez llega en, 1972, a Reikiavik, Islandia un tal Bobby Fischer, de nacionalidad estadounidense y derrota a Boris Spassky, jugador ruso. Las andanzas de Bobby Fischer son harto conocidas por los aficionados a este juego. Lo que muy pocos conocían, al menos hasta ese momento, es que Bobby Fischer era en realidad hijo Paul Nemenyi de ascendencia judía, hombre de gran talento nacido en Hungría. Para poder ingresar a EE.UU. el apellido debió ser cambiado y de allí nuestro conocido Bobby Fischer.

Al igual que el personaje de Canetti, Bobby Fischer, cometió todo tipo de locuras y se manejó con las más extravagantes de las conductas imponiendo sus caprichos a la comunidad que gobernaba el juego en su momento y luego trasladó las extravagancias a su país de donde debió exiliarse.

Perseguido y víctima de una feroz paranoia, Bobby Fischer, murió en su ley, cumpliendo el rito de su juego: a los 64 años de edad, los exactos escaques del tablero de ajedrez.

Ahora bien, cuando hice una relectura de “Libro de Manuel” de Julio Cortázar encontré en la página 193, de la edición de 1973 de Editorial Sudamericana, que el autor nombra a Capablanca y destaca sus cualidades de ajedrecista genial quien era capaz de pronosticar en qué jugada iba a darle  jaque mate a sus rivales.

A todo esto, por el año 1927, en la vida real, el que era campeón del mundo,   José Raúl Capablanca (cubano), le tocó disputar el título del mundo frente al ruso Alexander Alekhine. El match se disputó en la ciudad de Buenos Aires, entre el 16 de setiembre y el 30 de noviembre de 1927. Se disputaron en total 34 partidas y el ganador fue Alekhine.  El rival de Capablanca, llegó a Buenos Aires muy bien preparado. Lo asistió uno de los mejores maestros argentinos: Grau. El match, lo ganó el ruso, pese a que el cubano era el gran favorito por antecedentes anteriores.

Los detalles del encuentro  los conocimos en Córdoba, por el mismo años en que aparecía la novela de Cortázar, “Libro de Manuel”, nos lo contaba un jugador de ajedrez que a su vez tenía una columna, en el diario La Voz del Interior donde escribía sobre ajedrez: Héctor “Avión” González, de él hablo. González narraba los entretelones de aquellas partidas, que reproducía, en  unas charlas que daba gratuitamente en un campus de la Universidad Nacional de Córdoba, los sábados a la siesta de aquel año 1973. El “Avión” era un narrador excepcional, daba a sus palabras el tono, la pausa imprescindible que nos permitía ver  y adentrarnos en el suspenso de un juego apasionante.  Sus palabras, dejaban al descubierto lo que sucedía en el tablero. Lo intrincado se transformaba en algo claro y sencillo en su expresión.  González  conocía infinidad de detalles que la mayoría de los aficionados al juego, al menos en aquel entonces, desconocíamos.

Uno de los hechos destacados del match de 1927 fue el siguiente: Capablanca, al término de las primeras partidas, salía junto a su rival Alekhine y comentaban los detalles de cada partida, discutían lo habitual en estos casos. Más tarde comprendió que no podría contra el ruso, mucho más disciplinado y organizado que él, quien, quizás pensara  que su mentado talento, más el conocimiento que tenía del rival podrían darle ventaja. No fue así. Como  nos relataba González, luego de las primeras partidas y viendo el resultado adverso, Capablanca comenzó a echar mano a recursos non sanctos; por ejemplo, se levantaba y movía la mesa, o golpeaba la pata de la misma, produciendo la desconcentración del rival, etc. Esto lo  repitió  hasta llegar a la sexta partida. Esa noche cuando Capablanca movió el tablero,  Alekhine sacó un revólver y se lo puso en la frente diciéndole: “-Si volvés a mover la mesa o el tablero, te vuelo la cabeza de un balazo”.

Luego del incidente Alekhine no habló nunca más con Capablanca, ni le dio revancha. Terminó para siempre con el reinado del gran  jugador cubano.

Comenzó la era de los rusos,  hasta la llegada de Bobby Fischer.

Otro de los posibles nexos, que no creo estén agotados, fue el  final de Alekhine extremadamente penoso, su adicción al alcohol fue la partida que no pudo resolver.

Por el  año 1937, Julio Cortázar que estaba en la Argentina, trabajaba como docente y daba clases de literatura.

Al mismo tiempo, otra vida, la de un joven, aprendiz en un taller metalúrgico,  veía pasar, todas las mañanas, frente a su lugar de trabajo, un hombre muy alto, flaco con  libros en las manos. El joven pensaba  que ese hombre debía ser escritor.

Con el tiempo el aprendiz pasó a otro lugar en el mundo.  Un día descubrió que el hombre que veía pasar, todos los días, por el frente del taller, era escritor: se llamaba Julio Cortázar. La sorpresa fue mayúscula cuando al comprar la novela “Los premios”, primeva novela de Cortázar publicada en el año 1960, y leer en la primera parte que uno de los personajes había sido bautizado por el autor con su apellido: Persio.

También él, a su vez,  se había dedicado a escribir.

Un dato curioso, para un prisionero de las sincronías. “Los premios”, en la página 37, como celebrando la primera década del triunfo de Alekhine, aparece  un personaje que Cortázar bautiza como: “Rusito”. En la página está nombrado tres veces, como para confirmar la regla.

Nada agota el pulso de Cortázar, en la página 41 de la novela, no podemos decir que el autor continúa, porque el lenguaje varía de modo notorio y, a su vez, puede leerse que quien escribe inicia una serie de capítulos (serán nueve designados desde la A hasta la G). En ese primer capítulo hay un párrafo de más de media página en cursivas donde se cruza el ajedrez y el personaje que camina en esas líneas es Persio, el que antes ejercía de aprendiz en un taller metalúrgico, ahora es incorporado a la fajina literaria en calidad de intelectual con inclinación al esoterismo.

La variedad o extensión de estos nexos pueden  o no tener mucha importancia, tal vez algunos dirán que ninguna, pero lo que afecta la sensibilidad del lector reproduce, en su interior, las imágenes y cuadros intercambiables de la realidad. Jamás interesa preguntar el por qué un autor le pone el nombre a un personaje y por qué razón con unos sí y con otros no, la ligazón interior.

Cada línea de impacto, todo  lo que se diga dentro de la propia literatura seguirá haciendo marcas, invisibles huellas, percibidas por cada lector de modo diferente.

Mientras tanto y por su cuenta, el arte, lo que es arte, tiene su propio y definido camino: página tras página, un sendero se  desliza, mojado o seco, en paralelo con la vida.

Salirse del callejón, suele ser riesgoso sobre todo porque nadie tiene ganada la apuesta antes de jugar.

Qué cosa.

 

Saludos, Juan Maldonado 15-6-2020


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