Los paisajes de Maeterlinck. Sobre Invernaderos (Serres chaudes)   Por Adrián Bollini

Los paisajes de Maeterlinck. Sobre Invernaderos (Serres chaudes)

 

Por Adrián Bollini

 

Conocemos al dramaturgo y al ensayista, al Premio Nobel, al autor de Pelléas et Mélisande, Les Aveugles, L’Oiseau bleu, Le Trésor des humbles y L’Intelligence des fleurs. Pero desconocemos al poeta. Y quizá para alguien pueda ser motivo de curiosidad, o no, pero el célebre dramaturgo y ensayista dio sus primeros pasos en la poesía. Y lo hizo —hay que decirlo— de un modo original. Su incursión fue breve, es cierto, pero le fue suficiente para dejarnos uno de los ejemplares más relevantes de la llamada poesía simbolista belga. Me refiero a Serres chaudes (1889)[i]. Su tema, de gran sencillez, orbita alrededor de un símbolo, de un motivo, del que rara vez se aparta: el del invernadero como imagen de la interioridad del poeta. En cuanto a su forma, el libro semeja un mosaico: poemas breves con métrica regular y rima en proporcional alternancia con poemas extensos en verso libre.

“En ningún lugar, amada, habrá mundo, si no es dentro”[ii], escribió Rilke, en la séptima  Elegía de Duino. Podríamos decir que Serres chaudes (Invernaderos) realizó hasta el paroxismo, y con algunas décadas de antelación, el imperativo de este verso. En efecto, en los treinta y tres poemas (el número no es casual) que componen el libro, el mundo no existe sino en la esfera interior, en los límites herméticos de un yo que se propaga y se pierde en ensoñaciones. Su poeta, incapaz de sobrevivir en las condiciones de un espacio siempre inhóspito e inclemente, opta por refugiarse en el invernadero de su propia vida mental, de un modo no muy distinto al de un monje que busca refugio y sosiego en la seguridad de su celda. La comparación no es gratuita, puesto que no es difícil advertir, incluso después de una lectura superficial, que un espíritu monástico insufla esta obra. La búsqueda del espacio interior y el repliegue lo testimonian. Y no faltan, desde luego, las plegarias acompañadas de una cifrada expresión de temores y remordimientos. Pero creo que sería desacertado pensar que se trata de un mero espacio confesional. El invernadero de Maeterlinck es, mucho antes que eso, el lugar de lo maravilloso; es, mucho antes que un espacio de reflexión y de purga, un jardín de alucinaciones:

 

¡Miren con atención bajo el claro de luna!

(¡Oh! Nada está en su lugar)

Parece que hay una mujer demente delante de un juez,

Y un barco de guerra con velas izadas sobre el canal,

Pájaros nocturnos sobre lirios

Un tañido fúnebre a mediodía,

(¡Allá, bajo las campanas!)

Un refugio de enfermos en la pradera,

Un aroma de éter en un día de sol.

 

(Invernaderos)

 

Lugar de materia cambiante, casi acuática, el espacio de este invernadero es tan incontrolable como el sueño o nuestra propia mente, cuyos mecanismos más profundos, al menos por el momento, nos eluden. Por ello, y para no perder de vista el sentido, será fundamental no olvidar que en este libro, como dicen los versos citados, nada está en su lugar. Porque en esta morada incierta lo insólito, lo misterioso y hasta lo imposible pueden, de un momento a otro, entremezclarse y confundirse, separarse y volverse a unir, como en un enjambre de abejas o en un tornado, frente a la retina alucinada del poeta. ¡Acérquense si no y vean!

¡Cuántas maravillas desfilan sin pausa! ¡Y nosotros, situados en una posición inmejorable, somos los espectadores de este sortilegio! Festines de enfermos, lobos al acecho sobre el césped, ciervos en ciudades invadidas, corderos que atraviesan puentes de hierro, lunas verdes de serpientes, deseos como leones ahogados en el sol, cisnes que incuban cuervos, plantas en glaciares, fiestas en domingos de carestía, hijas de reyes en campos de cicuta, vagabundos coronados, armonías de cobre en la tormenta, seres antediluvianos, flores que se nutren únicamente de luz lunar… ¿quién no se vería tentado a echar un vistazo?

Algunos podrán decir que esta obra admite poemas superfluos y que en las piezas más breves recae en la alegoría. Todo esto probablemente sea cierto. Pero no es menos cierto que su estilo abrió una puerta a un nuevo espacio — cuyas extensiones exploraron obras diversas como la de Trakl o la de Apollinaire — y que sus eventuales debilidades no llegan a opacar el fulgor de sus logros. Serres chaudes es, sin lugar a dudas, un libro singularísimo, y quizá una de las primeras aplicaciones exitosas del verso libre; es un cofre de sortilegios, un bosque quimérico habitado por esos fantasmas que en ocasiones engendran la fiebre y el hastío. Y creo que aún hoy es capaz de enseñarnos, con suma eficacia, que parte del poder evocativo de un símbolo radica, fundamentalmente, en su indeterminación.

En lo que a mí respecta, no tengo más para decir. A los veintisiete años de edad, y casi decidido a canalizar su instinto poético en la arena del teatro y el ensayo, territorio en el que fue, lo hemos dicho, reconocido y celebrado, Maurice Maeterlinck regaló a los lectores de poesía una obra acuática e inestable como el sueño, una obra insistente como una plegaria; un universo, en suma, visible a través de un muro de cristales empañados. Comparto con los lectores algunas muestras de su arte.

 

 

Invernaderos

¡Oh, invernadero en medio de los bosques,

Con tus puertas por siempre cerradas!

¡Y todo lo que hay bajo tu bóveda

Y bajo mi alma en tus analogías!

 

Los pensamientos de una princesa con hambre,

El hastío de un marinero en el desierto,

Una música de cobre en las ventanas de enfermos terminales.

 

¡Elijan los rincones más tibios!

Creo ver una mujer desvanecida en un día de cosecha.

Hay escupitajos en el patio del hospicio,

A lo lejos, pasa un cazador de impulsos, convertido en enfermero.

 

¡Miren con atención bajo el claro de luna!

(¡Oh! Nada está en su lugar)

Parece que hay una mujer demente delante de un juez,

Y un barco de guerra con velas izadas sobre el canal,

Pájaros nocturnos sobre lirios

Un tañido fúnebre a mediodía,

(¡Allá, bajo las campanas!)

Un refugio de enfermos en la pradera,

Un aroma de éter en un día de sol.

 

¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Vendrán la lluvia

Y la nieve y el viento a nuestro invernadero!

 

 

Horas sin brillo

 

He aquí viejos deseos que pasan

Otra vez sueños fatigados

Otra vez sueños que se agotan

¡Qué lejos los días de pasadas ilusiones!

 

¿Adónde se puede escapar?

Ya no queda ninguna estrella:

Sólo hielo cubriendo el hastío

Y velos azulados bajo la luna.

 

¡Otra vez llantos acorralados!

Vean a los enfermos sin fuego

Y a los corderos que pastan en la nieve,

¡Ten piedad de todo, Dios mío!

 

Yo espero despertar,

Espero que el sueño pase,

Espero un poco de sol

En mis manos heladas por la luna.

 

Hospital

 

¡Hospital! ¡Hospital al borde del canal!

¡Hospital en el mes de Julio!

¡Encienden un fuego en la sala!

¡Y los transatlánticos silban sobre el canal!

 

(¡Oh, no se acerquen a las ventanas!)

¡Emigrantes atraviesan un palacio!

¡Veo un yate bajo la tormenta!

¡Veo rebaños en todos los navíos!

 

(¡Sería mejor que las ventanas permanecieran cerradas!

¡Ya estamos casi al abrigo del afuera!)

Pensamos en un invernadero sobre la nieve,

Celebran curas de enfermos durante un día de tormenta

Vemos plantas dispersas sobre una manta de lana

Hay un incendio en un día de sol,

¡Y yo atravieso un bosque lleno de heridos!

 

¡Oh! ¡He aquí por fin el claro de luna!

 

¡El agua de una fuente se eleva en una sala!

¡Una tropa de niñas entreabre la puerta!

¡Y yo veo corderos sobre una isla con praderas!

¡Y plantas hermosas sobre un glaciar!

¡Y lirios en un vestíbulo de mármol!

¡Hay un festín en un bosque virgen!

¡Y una vegetación oriental en una gruta de hielo!

 

¡Escuchen! ¡Están abriendo los postigos!

 

¡Y los transatlánticos agitan el agua del canal!

¡Pero la hermana de la caridad atiza el fuego!

¡Todos los hermosos rosales del pastor arden bajo las llamas!

¡Un barco de heridos navega bajo el claro de luna!

¡Las hijas del rey están en una barca entregada a la tormenta!

¡Y las princesas van a morir en un campo de cicuta!

¡Oh! ¡No abran las ventanas!

¡Los transatlánticos todavía silban sobre el horizonte!

¡Alguien fue envenenado en el jardín!

¡Una gran fiesta es celebrada en casa del enemigo!

¡Hay ciervos dentro de una ciudad asediada!

¡Y un zoológico en medio de un campo de lirios!

¡Y una vegetación tropical al fondo de una mina de carbón!

¡Un rebaño de ovejas atraviesa un puente de hierro!

 

¡Y los corderos de la pradera vuelven tristemente a la sala!

Ahora la hermana de la caridad está encendiendo las lámparas

Sirve el almuerzo a los enfermos,

Cierra las ventanas sobre el canal

Y todas las puertas al claro de luna.

 

Extraído de: Maurice Maeterlinck,  Serres chaudes – Quinze Chansons – La Princesse Maleine, Gallimard, 1983 | Traducción de Adrián Bollini.

 

 

Texto original:

 

Serres chaudes

 

O serre au milieu des forets !

Et vos  portes à jamais closes !

Et tout ce qu’il y a sous votre coupole !

Et sous mon âme en vos analogies !

 

Les pensées d’une princesse qui a faim,

L’ennui d’un  matelot dans le désert,

Une musique de cuivre aux fenêtres des incurables.

 

Allez aux angles les plus tièdes !

On dirait une femme évanouie un jour de moisson ;

II y a des postillons dans la cour de l’hospice ;

Au loin,  passe un chasseur d’élans, devenu infirmier.

 

Examinez au clair de lune !

(Oh rien n’y est à sa place !)

On dirait  une folle devant les  juges,

Un navire de guerre à pleines voiles sur un canal,

Des oiseaux de nuit sur des lys,

Un glas vers midi,

(Là-bas sous ces cloches !)

Une étape de malades dans la prairie,

Une odeur d’éther un jour de soleil.

 

Mon Dieu ! Mon Dieu ! Quand aurons-nous la pluie,

Et  la neige et  le vent  dans la serre !

 

Heures ternes

 

Voici d’anciens désirs qui passent,

Encor des songes de lassés,

Encor des rêves qui se lassent;

Voilà les jours d’espoir passés !

 

En qui faut-il fuir aujourd’hui !

Il n’y a plus d’étoile aucune :

Mais de la glace sur l’ennui

Et des linges bleus sous la lune.

 

Encor des sanglots pris au piège !

Voyez les malades sans feu

Et les agneaux brouter la neige;

Ayez pitié de tout mon Dieu !

 

Moi,  j’attends un peu de réveil

Moi, j’attends que le sommeil passe

Moi,  j’attends un peu de soleil

Sur mes mains que la lune glace.

 

 

Hôpital

 

Hôpital ! Hôpital au bord du canal !

Hôpital au mois de Juillet !

On y fait du feu dans la salle !

Tandis que les transatlantiques sifflent sur le canal !

 

(Oh ! n’approchez pas des fenêtres !)

Des émigrants traversent un palais !

Je vois un yacht sous la tempête !

Je vois des troupeaux sur tous les navires !

 

(Il vaut mieux que les fenêtres restent closes

On est presque à l’abri du dehors.)

On a l’idée d’une serre sur la neige

On croit célébrer des relevailles un jour d’orage

On entrevoit des plantes éparses sur une couverture de laine

Il y a un incendie un jour de soleil

Et je traverse une forêt pleine de blessés.

 

Oh ! Voici enfin le clair de lune !

 

Un jet d’eau s’élève au milieu de la salle !

Une troupe de petites filles entrouvre la porte !

J’entrevois des agneaux dans une île de prairies !

Et de belles plantes sur un glacier !

Et des lys dans un vestibule de marbre !

Il y a un festin dans une forêt vierge !

Et une végétation orientale dans une grotte de glace !

 

Ecoutez ! On ouvre les écluses !

 

Et les transatlantiques agitent l’eau du canal !

Oh ! Mais la sœur de charité attisant le feu !

Tous les beaux roseaux verts des berges sont en flamme !

Un bateau de blessés ballotte au clair de lune !

Toutes les filles du roi sont dans une barque sous l’orage !

Et les princesses vont mourir en un champ de ciguës !

Oh ! N’entrouvrez pas les fenêtres !

Ecoutez : les transatlantiques sifflent encore à l’horizon !

On empoisonne quelqu’un dans un jardin !

Ils célèbrent une grande fête chez les ennemis !

II y a des cerfs dans une ville assiégée !

Et une ménagerie au milieu des lys !

Il y a une végétation tropicale au fond d’une houillère !

Un troupeau de brebis traverse un pont de fer !

 

Et les agneaux de la prairie entrent tristement dans la salle !

Maintenant la sœur de charité allume les lampes,

Elle apporte le repas des malades

Elle a clos les fenêtres sur le canal

Et toutes les portes au clair de lune.

 

 

 

 

[i] Unos años después publicó su segundo y último libro de poesía, Douze Chansons (1896), en el que incluyó poemas insertos en su obra teatral, y al que agregó tres canciones en su edición aumentada de 1900.

[ii] Nirgends, Geliebte, wird Welt sein, als innen.

Notas:

[1] Unos años después publicó su segundo y último libro de poesía, Douze Chansons (1896), en el que incluyó poemas insertos en su obra teatral, y al que agregó tres canciones en su edición aumentada de 1900.

[1] Nirgends, Geliebte, wird Welt sein, als innen.


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